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Gigantesca verga dura empotra culo musculoso

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Estúdio Rawsexboys

Lo que empezaba como un juego de miradas en el vestidor se convirtió en un infierno de lujuria cuando su polla, gruesa como un brazo, se clavó en su culo sin piedad. El muy cabrón de Cade Maddox no solo era un jock con cuerpo de dios griego, sino que sabía mover esa verga monstruosa como nadie, hundiéndose hasta las bolas cada vez que lo empotraba contra el colchón. El moreno sudaba tinta mientras él le lamía el tatuaje del hombro, mordisqueándole la piel hasta dejarla roja, mientras sus gemidos ahogados se mezclaban con el crujido de las sábanas al ritmo de cada embestida brutal. Chuparle la verga era un pecado, porque esa punta gruesa, llena de venas palpitantes, le llenaba la boca hasta hacerle llorar, pero no podía parar, quería sentirlo correrse dentro de su garganta mientras le apretaba los huevos con los dedos. Cuando por fin lo volteó boca abajo, sus muslos temblorosos apenas aguantaban el peso de ese culo duro como una roca que se abría para él, ofreciéndose sin pudor mientras él escupía en su entrada y empezaba a lamerle el perineo con la lengua áspera, preparándolo para lo que venía. La primera embestida en seco lo dejó sin aire, con esa polla enorme abriéndole el ano como si no hubiera mañana, mientras sus uñas se clavaban en las sábanas al sentir cómo le llenaba las entrañas hasta el fondo. No había missionary más sucio ni más perfecto: él encima, sudando sobre su espalda, susurrándole obscenidades al oído mientras le agarraba las nalgas para hundirse más profundo, sintiendo cómo su verga se hinchaba dentro de ese agujero caliente y estrecho. El sonido de carne contra carne era obsceno, mezclado con los gruñidos graves de él y los jadeos entrecortados de su víctima, que ya no podía articular palabra, solo gemir como un animal en celo. Cuando el primero de los dos se corrió, fue como un terremoto: su leche caliente le inundó el culo hasta rebosar, mientras él seguía empujando, ordeñando cada gota hasta dejarlo temblando, exhausto y completamente borracho de sexo. La segunda corrida llegó cuando lo giró de espaldas y se la clavó de nuevo, esta vez más lento pero igual de intenso, viendo cómo su rostro se contraía en una mueca de placer antes de que un chorro blanco le salpicara la cara, los labios y hasta los pechos. Después de eso, no hubo más que sudor, semen resbalando por las piernas y dos cuerpos pegados, jadeando como si acabaran de correr una maratón, pero sin moverse, saboreando el último escalofrío de esa follada que los dejó sin fuerzas para nada más que repetir.

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