Hermana de leche se masturba con su coño rosado y apretado
La habitación estaba en penumbra, con la luz de la tarde colándose por las cortinas medio cerradas, cuando decidí explorar mi cuerpo frente al espejo del armario. Mis dedos resbalaban sobre mi coño rosado, ya mojado de solo pensar en lo que vendría, cuando de repente sentí una presencia detrás de mí. Era mi hermanastro, mirándome con los ojos abiertos como platos, y su polla ya dura bajo el pantalón. Me sorprendió que no pudiera resistirse, pero en vez de apartarse, se acercó y me empujó contra la cama, separándome las piernas con brusquedad. Sus dedos gruesos entraron de golpe en mi coño, haciendo que gimiera más fuerte de lo que esperaba, porque nunca había sentido algo tan grande dentro de mí. El choque de descubrir lo bien que me llenaba me hizo arquear la espalda, y cuando me dio la vuelta para empotrarme en cuatro patas, sentí cómo su verga entraba hasta hacerme tocar el cuello del útero, algo que nunca había experimentado. Cada embestida me hacía gritar, pero no podía parar, porque su polla me estaba llevando a un orgasmo más intenso que cualquier otro. El sonido de mi coño chorreando y mis gemidos llenaban la habitación, y cuando por fin se corrió dentro de mí, sentí su leche caliente inundándome, justo cuando yo también exploté de placer.