Hermana política se abriría de piernas al amanecer
Apenas el sol asomaba por la ventana, ella ya estaba en la cocina con el delantal puesto... pero sin nada debajo, solo el coño bien mojado esperando el primer embate. Él salió del baño con la toalla colgando de la cintura y al verla así, con las tetas bien duras y los pezones duros como piedras, no pudo evitar soltar un gruñido y apurar el paso. Sin decir ni una palabra, la agarró por la cintura y la levantó sobre la mesa de madera, sintiendo cómo su culo redondo y prieto se movía con cada paso que daba. Ella jadeó cuando su polla dura le rozó el muslo, gruesa y palpitante, lista para hundirse en ese coño que ya chorreaba jugos por los bordes. Él no perdió tiempo y se la clavó de un solo empujón, haciendo que ella gritara y se aferrara a sus hombros mientras su culo botaba contra el borde de la mesa. Las tetas le rebotaban sin control con cada embestida salvaje, y él no paraba, empotrando cada vez más fuerte hasta que el sonido de la carne chocando se mezclaba con los gemidos desesperados que salían de su boca. Ella le arañó la espalda cuando sintió que la polla se le hinchaba dentro, anunciando la corrida inminente, y él no pudo aguantar más: con un gruñido animal, se la enterró hasta el fondo y le soltó todo su leche caliente mientras ella se corría en espasmos, empapando la mesa con sus fluidos. Cuando por fin se separaron, ella quedó temblando, con las piernas flojas y el coño tan sensible que hasta el aire le dolía. Él se limpió la polla con la toalla mientras la miraba con una sonrisa pícara, sabiendo que al día siguiente volvería a empezar exactamente igual.