La brasileña Mari Avila recibe una follada brutal
Mari Avila llega al set con su cuerpo de infarto, esos pechos hinchados rebotando bajo el vestido ajustado que apenas puede contener sus curvas de diosa. El musculoso Maximo Garcia no puede creer su suerte cuando la ve inclinarse para ajustarse los tacones, dejando al descubierto ese culo redondo y prieto que parece hecho para ser empotrado sin piedad. Con un gruñido animal la agarra de las caderas y la arrastra contra la pared, arrancándole un gemido ahogado cuando su polla gruesa y venosa roza el coño empapado que ya chorrea de puro deseo. Ella se muerde el labio inferior, esos ojos marrones brillando de lujuria mientras él le levanta la falda hasta la cintura, dejando al descubierto el tanga de encaje negro ya empapado que no logra ocultar lo mojada que está. Maximo no pierde tiempo, baja el pantalón de un tirón y saca esa verga monstruosa que late con fuerza entre sus piernas, gruesa como un brazo y con las venas marcadas como cuerdas listas para desgarrar cualquier resistencia. Mari se lame los labios al sentir el primer empujón, esa entrada brutal que le abre el coño como una flor carnal mientras sus paredes internas se aferran a la carne palpitante que la llena hasta el fondo. Los golpes de cadera son secos y brutales, cada embestida hace que sus tetas reboten violentamente y su respiración se convierta en un jadeo entrecortado, los gritos de placer ahogados en la garganta cuando él la clava contra la pared con fuerza descomunal. El sonido de los cuerpos chocando es obsceno, mezclado con los chapoteos húmedos del coño devorando cada centímetro de esa polla que no para de moverse dentro de ella, estirándola hasta límites que hacen que sus uñas se claven en la pared buscando un apoyo que no existe. Cuando él siente que el orgasmo se acerca, acelera el ritmo hasta que Mari no puede más que soltar un alarido ronco mientras su coño se contrae en espasmos violentos alrededor de la verga, ordeñándola sin piedad mientras él gruñe y le dispara chorros espesos de leche caliente directamente en el útero, llenándola por completo hasta que ambos quedan jadeando, sudorosos y exhaustos, con los cuerpos pegados y las piernas temblorosas por el esfuerzo. Mari se deja caer contra su pecho, sintiendo cómo esa polla sigue palpitando dentro de ella incluso después del último espasmo, mientras sus labios buscan los de él en un beso desesperado que sabe a sudor y a sexo recién hecho.