La cuñada más perra se deja empotrar sin piedad
Llevaba días viendo cómo el culo redondo de su cuñada se movía bajo ese vestido ajustado de licra cuando se agachaba a regar las plantas, y hoy no pudo más: la agarró por las caderas mientras ella gemía con los pechos apretados contra la mesa del comedor. Le arrancó las bragas sin contemplaciones y le escupió en el coño bien mojado antes de clavarle la polla hasta el fondo, sintiendo cómo el culo gordo le rebotaba en el vientre con cada embestida. Ella se retorcía de placer, con las medias de red haciéndosele lucir cada marca de los dedazos que le dejaba en la piel, mientras le suplicaba que le diera más fuerte, que no parara hasta dejarla llena de leche. Él le azotó el trasero con la mano abierta, dejando marcas rojas que contrastaban con el negro de sus leggings, y le ordenó que se callara con un gruñido antes de empotrarla contra el suelo, donde el culo le temblaba al ritmo de los golpes. La falda se le subió hasta la cintura, mostrando unos muslos gruesos que él mordisqueaba entre jadeos, mientras sus tetas gigantes rebotaban sin control cada vez que la embestía desde atrás. Le ordenó que se agachara más, que le enseñara el culo gordo y redondo para ver cómo la polla le abría el coño bien apretado, y ella obedeció sin dudar, gimiendo como una puta en celo mientras le rogaba que no se corriera todavía. Él le metió dos dedos en la boca para que los chupara antes de llevárselos al clítoris hinchado, haciendo que sus gemidos se volvieran más agudos y desesperados, mientras los muslos le temblaban de placer. Cuando por fin se dejó ir, la llenó hasta el fondo con una corrida caliente que le hizo gritar su nombre entre espasmos, sintiendo cómo el coño le apretaba la polla hasta dejarla seca. El vestido se le quedó pegado al cuerpo sudoroso, los pezones duros marcándose bajo la tela transparente, y él no pudo evitar reírse mientras le susurraba al oído que esa noche no la dejaría dormir tranquila.