La esposa de Cookie Cummins se deja empotrar en el hotel
Gimiendo como una perra en celo, la casa de Candee se retuerce contra las sábanas mientras el amante le clava la polla hasta el cuello del útero, sabiendo que su marido está al otro lado de la puerta. La muy puta se pasó la tarde enviándole fotos provocativas, rozándose contra él en el ascensor, mordiéndose el labio cuando sus miradas se cruzaban, hasta que el tipo no aguantó más y la arrastró a la habitación. Ahora la tiene de rodillas, chupando con desesperación mientras le agarra el pelo, pero ella no se conforma: quiere sentir cómo le rompe el culo de una estocada, cómo le escupe en la boca antes de correrse. La muy zorra disfruta cada gemido que le arranca, cada vez que le clava las uñas en la espalda, cada vez que le susurra al oído lo bien que la llena. Sabe que su marido nunca la follaría así, que nunca le daría lo que ella necesita, y por eso se deja usar como una puta barata, disfrutando cada segundo de traición. Al final, cuando el tipo le llena la boca de leche espesa, ella piensa en cómo va a contárselo todo después, cómo va a provocarlo hasta que explote.