La hermanastra asiática recibe polla dura hasta el fondo
Llevaba días con la respiración acelerada cada vez que él pasaba por su lado, esos shorts cortos que le apretaban el culo y esa mirada que le quemaba la piel. Aprovechó que la casa estaba vacía para tenderse en el sofá con las piernas bien abiertas, mostrando su conejita asiática depilada y chorreando de tanto imaginárselo. Él no necesitó más invitación que el olor a coño mojado que flotaba en el aire cálido de la tarde. Se le echó encima sin perder un segundo, agarrándole el pelo negro con fuerza mientras le clavaba la polla hasta el fondo de ese coño estrecho que lo abrazaba como una tenaza caliente. La hermanastra gemía descontrolada, con los pezones duros como piedritas y las uñas clavadas en la espalda de él, que le empotraba el culo sin piedad mientras le susurraba obscenidades al oído. Ella le chupó toda la polla hasta hacerla brillar con su saliva, pasando la lengua por el glande grueso antes de tragársela entera en un deepthroat que lo dejó sin aliento. Él le agarró las tetas pequeñas pero firmes, apretándolas mientras le llenaba la boca con su leche espesa, pero aún no era suficiente: quería más. La volteó boca abajo sobre el colchón, le arrancó la tanguita de encaje y se la metió por detrás con un empujón que le hizo gritar de placer. El culo prieto de la asiática temblaba con cada embestida, sus gemidos agudos mezclándose con el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo sin parar. Él le agarró las caderas para clavársela más hondo, sintiendo cómo su coño se contraía antes de soltar un chorro de leche que le resbaló por los muslos. La hermanastra se corrió gritando su nombre, con la cara enterrada en la almohada para ahogar los ruidos, mientras él le llenaba el coño de leche caliente una y otra vez hasta que ambos quedaron exhaustos y pegajosos en el suelo, sudados y satisfechos.