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Madrastra y hijastro se excitan hasta el final en casa vacía

10:12 720P 0 Lencería
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Estúdio Pinkymia

Ella llegó con ese vestido transparente que dejaba ver cómo se le endurecían los pezones cada vez que él pasaba cerca, oliendo a perfume barato y a deseo reprimido. El muchacho, con solo dieciocho años pero con una polla que ya le llegaba hasta el ombligo, no pudo resistirse cuando ella lo empujó contra la pared del pasillo y le susurró al oído que nadie los iba a interrumpir. Con un tirón brusco le arrancó la falda por encima de las caderas, dejando al descubierto un culito prieto y bien apretado que suplicaba ser follado sin piedad, mientras sus bragas de encaje se empapaban con solo mirarlo. Él no perdió tiempo: le bajó el top y se le echó encima como un animal, chupándole los pezones duros mientras le metía dos dedos en el coño empapado para prepararla. Ella gimió fuerte, arañándole la espalda con las uñas y ordenándole que la empotrara bien hondo en el sofá del salón, donde la luz del atardecer se filtraba entre las cortinas. La madrastra se quitó las medias negras con un movimiento rápido y se arrodilló en el suelo, abriéndole el cinturón para sacarle esa verga gruesa y morada que ya goteaba pre-semen por la punta, lista para ensuciarle la boca. Él no pudo aguantar más: la levantó en peso, la sentó sobre la mesa de centro y con un empujón seco le clavó la polla hasta el fondo del culo, haciéndola gritar como una puta mientras las piernas le temblaban por el dolor y el placer. Las embestidas eran brutales, cada una más profunda que la anterior, hasta que ella comenzó a correrse en chorros gruesos sobre su verga, mojándole los huevos y el sofá entero. Pero él no se detuvo ahí: la giró boca abajo, le levantó las caderas y le metió la polla otra vez, esta vez sin piedad, hasta que sintió cómo su leche caliente le llenaba el culo hasta rebosar, dejando marcas blancas en sus nalgas redondas y temblorosas. Cuando por fin se desplomaron sobre la alfombra, sudados y jadeando, ella no pudo evitar reírse mientras le limpiaba con la lengua los restos de corrida que le escurrían por los muslos, jurándole que esto solo era el principio de una semana de locura.

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