Mamá hermosona se deja follar en casa de Egipto
La mamá estaba más buena que nunca con ese vestido ajustado que se le marcaba cada curva, sobre todo esos pechotes que le rebotaban al caminar. Él no podía quitarle los ojos de encima desde que llegó, imaginando cómo sería arrancarle esa tela y dejarle las tetas libres para chupárselas como un hambriento. Cuando entraron a la casa y ella se quitó los tacones, él no aguantó más: la agarró de la cintura, la empujó contra la pared y le lamió el cuello mientras le susurraba lo putita que estaba. Ella gimió fuerte cuando él le bajó el escote y se le metió una teta en la boca, mordisqueándole el pezón mientras le agarraba el culo con las dos manos para apretársela contra su polla dura. La mamá no pudo resistirse y se le arrodilló en el suelo, sacándole la verga para metérsela entera en la boca con un gemido de excitación que le hizo temblar las piernas. Él le agarró la cabeza y empezó a empotrarle la garganta mientras ella le agarraba los huevos con una mano, sintiendo cómo se le llenaba la boca de ese líquido salado que le encantaba probar. Cuando la levantó del suelo, ella ya estaba empapada, con el coño chorreando y los muslos temblorosos de tanto deseo. La tumbó en el sofá y le arrancó las bragas de un tirón, lamiéndole el coño mojadísimo mientras ella se retorcía bajo su lengua, gritando que no parara porque estaba a punto de correrse. Él no le hizo caso y siguió devorándosela hasta que ella le rogó que se la metiera ya, así que se subió encima de ella a horcajadas y le clavó la polla hasta el fondo con un empellón brutal que le hizo arquear la espalda y soltar un grito gutural. La embistió como un animal, dándole palmadas en el culo cada vez que se la hundía hasta las pelotas, sintiendo cómo su coño se le ceñía como un guante caliente que lo apretaba sin piedad. Cuando ella empezó a correrse con espasmos fuertes y gritos incontrolables, él se dejó ir y le soltó todo dentro hasta que ella notó cómo se le salía la leche por los bordes, manchándole las piernas y el sofá mientras seguían jadeando como locos, sin fuerzas para separarse todavía. Él le dio un último lametón en la teta antes de apartarse, pero ella lo agarró de la nuca y le dijo al oído que aún no había terminado, que quería que la follara otra vez hasta dejarla sin aliento.