Mi jefe me coge como perrita y me empotra sin piedad
"¿Vas a dejar que tu jefe te trate como su perrita?", le susurró mrblue al oído mientras la miraba con esa sonrisa que le ponía la piel de gallina. Ross Shop llevaba días imaginando este momento, cada vez que él le rozaba el culo al pasar o le lanzaba miradas que le quemaban por dentro. Ahora, en su oficina, con la puerta cerrada, el aire se espesaba con la tensión acumulada de semanas de deseo reprimido. Él no perdió el tiempo: le arrancó la blusa de un tirón, dejándole los pechos al aire, y le ordenó que se arrodillara. "Chúpamela bien, puta", le dijo mientras le agarraba del pelo, y Ross, temblando de excitación, se tragó su polla entera, sintiendo cómo se le endurecía en la boca. Pero eso solo fue el principio. En más de 10 minutos de escena, mrblue la volteó como una muñeca, hundiéndole la polla hasta las pelotas en ese culo redondo que tanto le había provocado. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado, las uñas clavadas en el escritorio mientras él la azotaba con los muslos. "Así me gusta, perra, que te corras como la zorra que eres", le gruñó al oído, y ella obedeció, retorciéndose cuando el orgasmo le recorrió el cuerpo. Al final, él la dejó tirada sobre el suelo, con las piernas temblorosas y el coño todavía palpitando, mientras se abrochaba los pantalones con una sonrisa de satisfacción.