Misión de dominar a su putita en el anime
Ella llegó con esa mirada de sumisa que lo volvió loco desde el primer capítulo, mordiéndose el labio inferior mientras él le pasaba las páginas del cuaderno con poses obscenas. La lujuria le quemaba las entrañas al ver cómo su coño se humedecía con solo imaginarlo empalándola contra el escritorio, con esa polla gruesa que ya le estaba haciendo agua la boca. Él no aguantó más y la agarró por la cintura, arrastrándola hacia el sofá donde la tiró boca abajo, subiéndole el vestido hasta dejarle el culo al aire, redondo y tembloroso. La palmada en la nalga sonó seca y el gemido que soltó ella fue música para sus oídos, mezclado con el sonido húmedo de sus bragas siendo arrancadas de un tirón. Cuando la penetró de un solo golpe, los dos gritaron al unísono: ella por el dolor placentero que le recorrió la espalda al sentirlo hasta el fondo, él por lo ajustado que estaba ese coño que lo estrangulaba con cada embestida. Las caderas le temblaban como gelatina mientras él la empotraba sin piedad, el sonido de carne contra carne resonando en la habitación junto a los gruñidos animales que salían de su garganta. Ella no paraba de babear en el cojín, sus uñas arañando los brazos del sofá mientras él le agarraba las tetas por detrás, apretándolas hasta hacerla gritar. El sudor les resbalaba por la frente y la espalda, mezclándose con el olor a sexo y a piel caliente que lo envolvía todo, mientras las embestidas se volvían más brutales, más desesperadas. Cuando sintió que ella estaba a punto de correrse, él la volteó boca arriba, le abrió las piernas de par en par y se la clavó hasta el fondo, sintiendo cómo su coño convulsionaba alrededor de su verga con cada espasmo. Los dos se corrieron al mismo tiempo, ella con un orgasmo que le hizo arquear la espalda hasta casi partirse, él vaciando todas sus bolas dentro de ese coño ansioso que lo había vuelto un animal. Quedaron tirados en el suelo, jadeantes y pegajosos, con la ropa hecha trizas y la habitación oliendo a sexo sucio y a victoria. Él sonrió mientras le lamía el sudor del cuello, sabiendo que esa putita ahora era suya para siempre, dispuesta a hacer cualquier cosa que él le pidiera.