Mujer negra africana me chupa la polla salvaje
Ella caminaba con ese cuerpo flaquito pero bien delineado, los pechos firmes moviéndose bajo una tela fina que apenas tapaba sus pezones duros, y ese culo prieto que se le marcaba con cada paso. Entre los árboles del bosque, con el sol filtrándose entre las hojas, me lancé tras ella sin pensarlo dos veces. Cuando la alcancé, se giró con una sonrisa pícara, mostrando unos labios gruesos y brillantes que me hicieron babear al instante. Sin decir palabra, me bajó el pantalón de un tirón y sacó mi verga dura como un fierro, gruñendo que necesitaba probarla ya. Me empaló la boca con ese coño sudado y perfumado de tierra mojada, chupándome la polla con una avidez que me dejó sin aliento. Cada lametón era lento y húmedo, con la lengua rozando la punta antes de bajar hasta los huevos, que me apretaba con una mano mientras con la otra me masajeaba el perineo. La levanté contra un árbol, le arranqué el tanga de tela barata y le metí los dedos en su raja empapada, sintiendo cómo los jugos le chorreaban por las piernas. Ella gimió fuerte, pidiendo más, y yo no pude resistirme: la levanté en peso y le clavé la verga hasta el fondo, empotrándola contra la corteza mientras sus tetas rebotaban salvajes. Las embestidas eran brutales, sacudiéndola entera, y sus gemidos ahogados en gritos de puta necesitada resonaban entre los pájaros que huían asustados. Sentí cómo su coño se contraía a mi alrededor, ordeñándome con fuerza, y supe que no aguantaría más. Me corrí dentro de ella con un gruñido animal, llenándola hasta el fondo mientras sus piernas temblaban y un chorro de leche blanca le resbalaba por los muslos. Quedamos ahí, jadeantes, con su cuerpo pegajoso de sudor y mis huevos vacíos, mientras el viento se llevaba los últimos gemidos de su orgasmo entre los árboles.