Mujer sufre dolor ardiente mientras la cera le quema el coño
La pobre zorra no se imaginaba lo que le esperaba cuando aceptó el juego de dominación de ese cabrón con cara de ángel y manos de diablo. Él ya le había advertido que la cera caliente le quemaría el clítoris hasta dejarla sin aliento, pero ni así la muy putilla pudo resistirse a sus órdenes de arrodillarse con las piernas bien abiertas. La primera gota le cayó justo en el capullo rosado mientras la muy mojada gemía como una perra en celo, sintiendo cómo el líquido hirviendo le recorría el coño en llamas sin piedad. Cada gota era un latigazo de dolor mezclado con placer que le hacía arquear la espalda y apretar los dientes, pero el muy cerdo no paraba, seguía derramando cera caliente sobre sus labios hinchados y el clítoris palpitante mientras le susurraba obscenidades al oído. El coño le ardía como si mil agujas al rojo vivo le estuvieran pinchando la carne sensible, pero entre los jadeos y los gemidos ahogados, la muy guarra no podía evitar que su coño se le humedeciera más y más con cada gota que le caía encima. Él le agarró el pelo con fuerza y le obligó a mirarle a los ojos mientras la cera le quemaba el clítoris, diciéndole que esa era la única forma de que aprendiera a obedecer sin cuestionar. La pobre no aguantó más: el dolor se volvió insoportable, el coño le ardía como el infierno y las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras el muy hijo de puta seguía vertiendo cera derretida sobre su coño enloquecido. Cuando por fin se corrió, fue un orgasmo violento y entrecortado, con los muslos temblorosos y el coño empapado en sudor y fluidos, mientras él se reía al ver cómo el castigo la había dejado rendida y satisfecha a la vez.