Nagi de momochi se corrió con leche bien espesa
Nagi llevaba el uniforme ajustado que le marcaba cada curva del culo mientras se agachaba sobre el escritorio, los muslos temblorosos por el calor que le quemaba entre las piernas. Él no pudo resistirse y le arrancó el tanga de un tirón, dejando al descubierto el coño empapado que brillaba bajo la luz tenue del cuarto. Ella jadeó cuando sintió la punta de su gruesa polla rozándole los labios hinchados, húmedos de necesidad, y sin pensarlo dos veces se la metió hasta la garganta. Las embestidas eran brutales: cada empujón la clavaba contra el borde del mueble, el sonido de los azotes mezclándose con sus gemidos ahogados en la carne dura. Él le agarró el pelo con fuerza, obligándola a mirarlo a los ojos mientras le llenaba la boca con gotas espesas antes de sacársela y restregársela por las tetas sudorosas. Nagi no aguantó más y se dejó caer hacia atrás, abriendo las piernas para que se la empotrara de una vez, sintiendo cómo la polla le abría el coño hasta el fondo. Los espasmos del orgasmo le sacudieron el cuerpo entero mientras él le disparaba chorros calientes dentro, llenándola hasta que el semen le resbalaba por los muslos y empapaba el asiento del mueble. Ella gritó sin control, mordiéndose el labio inferior mientras la leche le chorreaba entre las nalgas, dejándola completamente marcada y satisfecha. La escena terminó con ella tumbada boca arriba, la polla aún goteando y el coño palpitando, mientras él se limpiaba los restos de corrida de la cara con el dorso de la mano y sonreía satisfecho.