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Puta gemidora se empotra hasta correrse gritando

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Estúdio Flagras8

La morra no podía aguantarse más y, en cuanto la puerta del cuarto se cerró, se quitó el short con un tirón salvaje dejando al descubierto ese coño peladito y chorreante que llevaba horas escondiendo bajo la falda ajustada. El cabrón de turno no lo pensó dos veces: la agarró por las caderas con sus manazas, le clavó la polla dura como una piedra entre las nalgas prietas y la empotró contra la pared sin piedad, arrancándole un gemido gutural que le rebotó en los tímpanos como un eco caliente. Ella se retorció contra el yeso frío, mordiendo el cojín del sofá para no gritar como puta descontrolada mientras él le metía la verga hasta el fondo, cada embestida sacudiendo sus tetas pequeñas que botaban como gelatina. La morra jadeaba con los ojos en blanco, las uñas clavadas en el mueble, mientras su coño empapado chorreaba un líquido espeso que resbalaba por sus muslos temblorosos. El tipo le agarró el pelo con un puñado y le tiró la cabeza hacia atrás, obligándola a arquear la espalda mientras le metía la polla de un golpe que le hizo ver estrellas. Los sonidos húmedos de carne contra carne llenaban el aire, mezclados con sus gritos agudos y los gruñidos bestiales de él, que no paraba de clavársela más y más hondo, sintiendo cómo su coño se contraía como loca alrededor de su tronco palpitante. Ella no podía ni respirar, solo sentir esa polla enorme abriéndola por dentro, desgarrándola con cada embestida profunda que le arrancaba chorros de fluido caliente que le resbalaban por las piernas. Cuando por fin él le dio la vuelta y la tiró boca abajo sobre la cama, ella se dejó caer con un suspiro de alivio, pero el muy cabrón le levantó el culo en el aire y se la volvió a clavar con un empujón brutal que la dejó sin voz por un segundo. Las embestidas se volvieron más rápidas, más violentas, y ella no pudo más que soltar un aullido desgarrado cuando el primer chorro de leche le bañó las paredes del coño adolorido, seguido de otro y otro hasta que él se corrió dentro con un rugido animal, dejándola temblando y completamente rendida bajo su peso. El cuarto olía a sexo barato, a piel sudada y a esa mezcla de cerveza y perfume barato que ya no importaba, porque lo único que quedaba era el eco de sus gemidos y el sabor salado de su corrida mezclada con los jugos de su coño exhausto.

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