Mamá se deja follar al hijo en su propia casa
Desde que entré a su casa con la excusa de un trámite, la mamá no paraba de mirarme el bulto con esos labios rojos mordisqueándose mientras su hijo me servía un trago. El muy cabrón se dio cuenta al instante y se acercó como un lobo oliendo la presa, rozando su entrepierna contra mi mano al pasarme el vaso. La vieja no pudo aguantarse más y me agarró del cinturón arrastrándome hacia el sofá, donde su falda se abrió mostrando unas medias negras que le subían hasta el muslo y unas bragas empapadas que olían a sexo viejo. El hijo, con la polla ya dura como un fierro, se quitó el pantalón sin decir ni pío y se arrodilló frente a su madre, lamiéndole el coño hasta que la vieja empezó a gemir como una perra en celo, con las uñas clavadas en el respaldo del sofá. Yo no me quedé atrás y me saqué la verga, gruesa y palpitante, para que la mamá la agarrara con sus manos temblorosas mientras su hijo seguía comiéndole el chocho sin piedad. En menos de un minuto la vieja ya estaba boca abajo sobre la mesa del comedor, con el culo en pompa y las tetas colgando de la blusa desabrochada, mientras el muchacho la empotraba con fuerza, haciendo que los platos vibraran con cada embestida. Yo me puse detrás de ella y le metí la polla en la boca, ahogándola con mis huevos hasta que le salían lágrimas por las comisuras, mientras el hijo le metía los dedos en el coño para que gritara más fuerte. La mamá no aguantó más y se corrió con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, mojando la mesa de jugos, pero el hijo no paró: siguió dándole hasta que ella volvió a correrse, esta vez con la lengua afuera y los ojos en blanco. Yo me corrí dentro de su boca mientras ella tragaba todo mi semen, y el hijo terminó disparando su leche caliente directo en el culo de la vieja, que quedó temblando como gelatina sobre la mesa. La escena terminó con los tres sudando, las ropas tiradas por el piso y el olor a sexo flotando en el aire como un perfume barato.