Agente inmobiliaria caliente firma contrato a cualquier precio
La morena de la inmobiliaria llevaba un vestido ceñido que le marcaba cada curva mientras le tendía el contrato con una sonrisa de infarto. Él no pudo evitar fijarse en cómo los botones de su blusa apenas contenían sus tetas firmes, y menos aún en que el aroma a perfume caro se mezclaba con el sudor nervioso de ambos. Ella notó su mirada clavada en su escote húmedo y, sin pensarlo dos veces, dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco. 'Firma aquí si quieres que esto termine rápido', susurró mientras se humedecía los labios con la lengua, dejando al descubierto unos dientes blancos que brillaban bajo la luz del despacho. Él tragó saliva al ver cómo sus dedos largos y manicurados acariciaban el borde de la mesa, rozando sin querer su entrepierna, que ya empezaba a endurecerse bajo el traje. Sin mediar palabra más, ella se levantó con un movimiento sensual de caderas, se quitó las gafas de pasta y las dejó caer al suelo con un crujido, mientras sus tetas saltaban libres al liberarse del sujetador. '¿Firmas o prefieres que te lo ponga más fácil?', ronroneó mientras se acercaba con pasos felinos, sus tacones resonando como latigazos en el parquet. Él no pudo resistirse cuando ella se agachó lentamente, sus nalgas redondas tensándose bajo la falda corta, y le desabrochó el cinturón con una maestría que dejó su verga al descubierto en segundos. El aire olía a sexo crudo cuando ella se la llevó a la boca sin preliminares, chupando con avidez hasta que el glande rozó su garganta y él gimió como un animal en celo. 'Ahora sí que vas a firmar', jadeó ella con la boca llena, las mejillas hinchadas y los ojos brillantes de lujuria mientras escupía un hilo de saliva que resbalaba por su barbilla. Él la agarró del pelo con fuerza, empujando su cabeza contra su entrepierna, y empezó a embestir su boca con ferocidad mientras las paredes del despacho temblaban con los golpes de sus cuerpos contra la mesa. Ella se dejó hacer, gimiendo con cada embestida, sus tetas rebotando al ritmo de los movimientos brutales, hasta que él la agarró de las caderas y la levantó sobre el escritorio, arrancándole las bragas de un tirón y hundiendo su gruesa verga en su coño empapado sin piedad. Los gritos de ella resonaron en la oficina vacía mientras él la empotraba contra los documentos, el contrato arrugándose bajo sus nalgas, y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba el silencio entre gemidos y jadeos. No pasó ni un minuto antes de que ambos se corrieran a gritos, él vaciándose dentro de su matriz mientras ella se mordía el labio para no berrear como una puta en celo, sus fluidos resbalando por el muslo y manchando la silla de cuero carísimo. Cuando terminaron, ella se limpió con un trapo de la oficina, le lanzó una sonrisa pícara y le pasó el contrato ya firmado... pero con una mancha de lápiz labial en la esquina. 'Para que no te olvides de quién es el dueño ahora', susurró antes de salir contoneando el culo perfecto hacia la puerta.