Roberta Faganelli y el enano de polla gigante que la domina
El olor a sudor y lujuria invade el cuarto cuando Roberta Faganelli se arrodilla frente a mí, su boca abierta esperando mi verga como si fuera su dueña. Le agarro del pelo corto y le ordeno chupar hasta que le duelen las mandíbulas, sintiendo cómo mis huevos chocan contra su mentón mientras la obligo a tragar hasta el fondo. En más de 13 minutos de escena, la reviento en todas las posturas, empotrándola a cuatro patas mientras le doy nalgadas que resuenan en el cuarto y su coño se enrojece bajo mis embestidas. Cuando la pongo contra la pared, sus gritos se vuelven más agudos, suplicando que no le parta el culo en dos, pero no le hago caso y la penetro con tanta fuerza que sus tetas rebotan como pelotas de goma. Cada vez que me corro, no le permito limpiarme, dejándola con mi leche goteando de su boca y mechones de pelo pegados a su cara sudada. En doggy style, le agarro de las caderas y le arremeto tan duro que puedo sentir cómo mis bolas golpean contra su clítoris mientras ella gime como perra en celo. Las veces que intentó negarse, la callé a empujones y le recordé que en este cuarto mando yo. Al final, cuando ya no aguanto más, la vuelvo a poner de rodillas y le vacío toda la carga en la cara, dejándola con el rostro lleno de blanca mientras se limpia con los dedos, jadeando y obediente. La humillación es completa cuando la obligo a lamerme aunque estoy flácido, y solo termino cuando decido que ya me aburrí de ella.