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Tatuado bien duro empotrado por el romano de atrás

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El vecino musculoso no podía aguantar más las miraditas que le lanzaba desde el otro lado de la cerca, así que un día de sol decidió invitarlo a su casa con un pretexto cualquiera. Cuando la puerta se cerró, el tipo de tatuajes gruesos y brazos de acero lo empujó contra la pared sin mediar palabra, le arrancó la camisa de un tirón y le mordió el cuello mientras le apretaba ese culo prieto contra su polla ya dura como una piedra. La lengua del romano recorrió cada surco de sus abdominales marcados mientras le bajaba el pantalón, dejándolo con el rabo al aire, grueso y venoso, brillando bajo la luz que entraba por la ventana. El musculoso se arrodilló en el suelo de madera y se lo metió entero en la boca sin aviso, ahogándose un poco con ese tronco que le llenaba hasta la garganta, pero tragando saliva para no ahogarse y seguir chupando con ganas de que se corriera dentro de su boca caliente. El romano gruñó fuerte, le agarró la cabeza con ambas manos y empezó a embestirle la garganta sin piedad, haciendo que le salieran lágrimas de los ojos mientras le agarraba los huevos con fuerza para que no se le escapara ni una gota. De pronto, lo levantó en volandas y lo tiró sobre el sofá, le abrió las piernas de un golpe y se le plantó encima, clavándole la polla en el culo con un empujón seco que lo dejó sin aliento, sintiendo cómo esa verga enorme le abría las paredes internas sin lubricante, quemando y mojando todo a la vez. Los gemidos del musculoso resonaban por toda la casa mientras el romano lo empotraba contra el respaldo, cada embestida más profunda que la anterior, haciendo crujir el mueble con cada golpe de cadera. La saliva le caía por la comisura de los labios entre gritos de "¡más duro, cabrón!", mientras el romano le agarraba los tobillos y se lo tiraba contra su cuerpo una y otra vez, sintiendo cómo ese coño apretado (que no era coño, pero seguía siendo un agujero estrecho y ardiente) se le aferraba a la polla como si no quisiera soltarlo nunca. Cuando ya no pudo aguantar más, el musculoso se corrió con un aullido, disparando chorros espesos sobre su propio pecho mientras el romano le llenaba el culo de leche caliente, empapándole las nalgas y resbalando por el sofá en hilos pegajosos que brillaban bajo el sol de la tarde. Los dos quedaron tirados, jadeando, el uno sobre el otro, con los cuerpos sudados y los músculos temblando de tanto placer sin control. Antes de que pudiera recuperarse, el romano lo volvió a agarrar por la nuca y le susurró al oído: "ahora me toca a mí", mientras le mostraba esa verga aún medio dura que prometía otra ronda sin piedad.

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