Terapia familiar con hijastras y papi borracho
La rubia Theodora llegó tarde con esos tacones que le apretaban los muslos y esa minifalda que apenas tapaba el coño empapado, sus pezones duros marcándose bajo la blusa transparente mientras se servía otro trago de más. El padastro Alex, con la polla ya dura como un palo bajo el pantalón de pijama, la miró con esa sonrisa de depredador que ella conocía demasiado bien desde que cumplió dieciocho. Sin decir ni pío, la morena Melody se acercó por detrás, le mordió el cuello a Theodora y le susurró al oído que su mamá no las había invitado a esa sesión solo para hablar de sus problemas. El aire olía a cerveza derramada y a coño caliente cuando Alex agarró a Theodora de los pelos y la empujó contra el sofá, arrancándole la tanga de un tirón que dejó al descubierto un coño que goteaba jugos por pura excitación. Melody, con las tetas al aire y los labios pintados de rojo sangre, se arrodilló frente a ellas y empezó a mamar la polla gruesa del padastro mientras Theodora se retorcía de placer al sentir cómo esa verga enorme se enterraba en su culo por primera vez, las embestidas tan profundas que le hacían gritar como una puta en celo. Alex no aguantó más, sacó su polla de entre los labios de Melody y se la clavó a Theodora en la boca, empalándola con fuerza mientras las dos hijastras se turnaban para lamerle los huevos y chuparle el glande hasta dejarlo reluciente de saliva. Entre gemidos ahogados y cuerpos sudorosos, las dos jóvenes se besaron como perras en celo mientras Alex se corría a chorros sobre sus tetas, uno tras otro, salpicando sus pezones que palpitaban de deseo. Cuando por fin se dejaron caer exhaustas sobre el suelo alfombrado, las dos hijastras se lamieron los labios y se miraron con complicidad, sabiendo que esa no sería la última sesión de terapia familiar en la que el padastro les daría lo que más deseaban.