Zorra lame mis pies mientras me chupa la polla
La muy putita se arrodilló frente a mí con esa sonrisa de perra sumisa, sus uñas pintadas de rojo raspando el suelo mientras me miraba con esos ojos verdes llenos de lujuria. Antes de que pudiera decir nada, ya me había agarrado la polla con sus manitas temblorosas y me la empezó a mamar como si no hubiera comido en semanas, su lengua caliente lamiendo el glande con movimientos circulares que me hicieron gemir como un cerdo en celo. Pero no se quedó ahí, la muy viciosa se agachó más hasta que sus pies desnudos quedaron frente a mi cara, sus dedos delgados separando los dedos con una precisión enfermiza mientras sus plantas callosas rozaban mis labios. Me ordenó que lamiera cada grieta entre sus uñas, cada pliegue de su piel áspera, y juro por Dios que lo hice como un esclavo obediente, mi lengua recorriendo sus dedos uno por uno mientras ella se retorcía de placer y me apretaba la cabeza contra sus pies con fuerza. La muy zorra empezó a ordeñar mi polla con su boca, sus labios apretados alrededor de la base mientras sus pies se deslizaban por mi pecho, sus uñas arañando mi piel hasta hacerme sangrar de puro morbo. Grité cuando me la metió hasta la garganta, su saliva resbalando por mi verga mientras sus pies se posaban sobre mis hombros, su peso aplastándome contra el suelo como si fuera su juguete personal. Sus gemidos eran música para mis oídos, cada sonido gutural saliendo de su garganta mientras sus plantas mojadas por mi saliva se frotaban contra mi cara, su olor a pies sudados mezclado con el aroma de su coño empapado volviéndome loco. La muy perra no paró hasta que le corrí en la boca, su lengua atrapando cada gota mientras sus pies se cerraban alrededor de mi cuello, ahogándome casi de placer antes de soltarme con una risita burlona. Todavía jadeante, me empujó contra la pared y se subió encima de mí, sus muslos apretando mi cintura mientras su coño chorreante se frotaba contra mi polla flácida, exigiendo más sin importarle que ya me hubiera corrido dos veces seguidas. La muy cabrona se rio cuando intenté escapar, sus dedos de los pies clavándose en mi espalda baja mientras me obligaba a seguir lamiendo sus plantas, su sabor amargo mezclado con el sudor de sus días sin lavar dejándome sin aliento de lo intenso que era todo.