Abuelito se masturba hasta explotar la leche
El viejo James lleva semanas mirando su verga arrugada bajo la toalla mientras se lava en el baño, pero hoy no aguanta más y se agarra la polla llena de venas gruesas con esa piel vieja y arrugada que le cuelga hasta el glande hinchado. Con los huevos apretados y el prepucio tirante, empieza a mover la mano de arriba abajo sintiendo cómo el glande se le pone morado de tanto calor, mientras se imagina a la vecina de tetas caídas chupándosela hasta dejarla bien limpia. Los gemidos le salen roncos y cortos, mezclados con el sonido húmedo de la piel resbaladiza del tronco que se desliza entre sus dedos callosos, dejando rastros de líquido preseminal que le brillan como miel vieja en la punta. Cada tirón es más fuerte, cada embestida de su mano más violenta, hasta que siente cómo los huevos se le suben y el cuerpo le tiembla como gelatina. Aprieta los dientes y cierra los ojos mientras la leche le sale a chorros espesos, salpicando el suelo del baño y manchando sus peludas piernas con hilos blancos que se le pegan a los vellos hasta formar un mapa de su corrida. La polla le late como un corazón enloquecido mientras el último chorro le sale disparado, cayendo sobre sus propias bolas que aún tiemblan de la tensión. Se queda jadeando, con la respiración entrecortada y la verga flácida pero aún brillante, mientras se limpia los restos de semen de los dedos y se ríe solo al pensar que su nieta podría entrar en cualquier momento y verlo así, con la leche chorreándole por las piernas y el olor a sexo viejo flotando en el aire.