Avery la tutora traviesa se come al universitario caliente
La tutora Avery llegó con su ajustado vestido de lencería negra y ese aire de arrogancia que solo una profesora con curvas de infarto puede tener. El universitario, nervioso pero con la polla ya dura como una piedra en el pantalón, no pudo resistirse cuando ella le guiñó un ojo y susurró '¿o te da miedo que tu tutora te coma entero?'. Sin perder un segundo, Avery se arrodilló frente a él, le bajó los jeans de un tirón y sacó ese trozo grueso y venoso que le hizo babear al verlo brillar con gotas de pre-semen. Ella abrió bien la boca, sacó la lengua y le pasó el capullo por encima, provocando que él soltara un gemido ahogado mientras le agarraba el pelo con fuerza. '¡Qué rica está esta polla, cabronazo!', gruñó antes de metérsela hasta la garganta sin aviso, ahogándose con sus propias arcadas pero sin soltar ni un segundo. El chico, ya fuera de sí, le agarró la cabeza y empezó a empotrarle la cara como un animal, sintiendo cómo su coño se mojaba al verla tragarse cada centímetro de esa verga monstruosa. Avery, con las tetas pequeñas pero firmes rebotando al compás de sus movimientos, se quitó el vestido en un segundo y se subió encima de él a horcajadas, frotando su coño depilado contra su erección hasta dejarlo completamente empapado. 'Ahora vas a aprender, guapo', le dijo mientras se dejaba caer sobre su polla con un gemido largo y gutural, sintiendo cómo se la clavaba hasta el fondo del útero. Los dos se movían como posesos, ella cabalgando con furia mientras él le apretaba el culo con las manos para clavársela más adentro, haciendo que el sonido de sus cuerpos chocando resonara en toda la habitación. Avery, con la cara roja y los labios hinchados por el sexo oral, le ordenó que la empotrara contra la pared, y él no dudó en levantarla en peso mientras le metía la verga por detrás, arrancándole gritos de placer que se mezclaban con el ruido de sus nalgas golpeando contra su pelvis. '¡Sí, así, métemela toda, cabrón!', chilló ella mientras se corría con espasmos violentos que le hicieron apretar su coño como un torno alrededor de su polla, arrastrándolo al orgasmo con ella. Las gotas de sudor y semen les resbalaban por el cuerpo mientras se desplomaban en el suelo, exhaustos pero con la vista nublada por el placer más salvaje que habían sentido en años.