Chico con tatuaje se corre solo en su habitación
El moreno de brazos marcados y un tatuaje en el hombro se acurrucó en el sofá con una sonrisa pícara mientras se bajaba la cremallera del pantalón. La polla le saltó al aire, gruesa y palpitante, ya medio empalagosa de tanto ver videos de machos con vergas de infarto. Se masajeó el tronco con los dedos pegajosos, dejando la punta brillante de líquido preseminal antes de empezar a bombear con movimientos lentos y calculados. El gemido ronco le salió desde el pecho al sentir el primer tirón, cómo el prepucio se deslizaba sobre la cabeza hinchada mientras se imaginaba que era otra boca, otro culo o una garganta profunda tragándoselo entero. Se mordió el labio inferior con los dientes blancos, el vello oscuro de las piernas erizándosele al acelerar el ritmo, con los huevos apretadísimos y el culo contraído como si ya notara el chorro caliente recorriéndole las venas. La gota de semen le resbaló por el puño cerrado y le manchó la entrepierna de la camiseta ajustada, pero no le importó, porque seguía en su mundo de fantasías donde él era el centro de atención, el puto dios de la masturbación. Los abdominales se le marcaban al arquearse hacia atrás, la respiración entrecortada mientras las embestidas mentales se volvían más brutales, más sucias, como si alguien le estuviera empotrando por detrás con una verga que no se cansaba nunca. El sudor le perlaba la frente y le caía por las sienes, mezclándose con el líquido que le resbalaba por la polla al ritmo de los empujones imaginarios, hasta que un espasmo le sacudió todo el cuerpo y el primer chorro blanco le explotó en la mano abierta, seguido de otro más grueso que le salpicó la cara interna del muslo. Se quedó jadeando, con la polla aún vibrando entre los dedos pegajosos, mientras se lamía los labios satisfecho y miraba la pantalla con ojos vidriosos, preguntándose cuándo sería el próximo video donde vería a alguien como él, con esa verga de porno, follando sin piedad hasta dejar todo el escenario lleno de leche espesa. La mancha en la camiseta ya se secaba, pero el olor a sexo y a él mismo le inundaba la habitación, recordándole que, por ahora, solo él podía darse ese placer obsceno que tanto le gustaba repetir una y otra vez.