Emilia Vizcarra me dejó sin aliento con su boca caliente
Llevaba días mirándola en el gimnasio, cómo se movía con esa ropa ajustada que marcaba cada curva de su culo, cómo se mordía el labio cuando me veía pasar. Sabía que me deseaba tanto como yo a ella, pero ninguna de las dos se atrevía a dar el primer paso. Hasta que una tarde, después del entrenamiento, nos quedamos solas en los vestuarios. El aire olía a sudor y a gel de ducha, y cuando se inclinó para recoger su toalla, vi cómo su coño se marcaba bajo el pantalón corto. No pude resistirme más. Me acerqué por detrás, le pasé la mano por la cintura y le susurré al oído: '¿Sabes lo que quiero hacerte?' Ella solo gimió y arqueó la espalda, empujando su culo contra mi polla ya dura. Le bajé los pantalones de un tirón, dejando al descubierto ese coño mojado y rosado que me esperaba. Sin perder tiempo, me arrodillé y enterré la cara entre sus piernas, chupando y lamiendo cada pliegue hasta que tembló. Cuando ya no pudo más, la giré contra la pared, la levanté por las caderas y la empalé de una estocada, sintiendo cómo su coño apretado me envolvía hasta las pelotas. Cada embestida la hacía gritar, sus uñas clavándose en mis hombros mientras yo la follaba sin piedad. Cuando sentí que iba a correrme, le di la vuelta y la hice arrodillarse, metiéndole la polla hasta el fondo de la garganta mientras ella me miraba con esos ojos llenos de lujuria. Al final, cuando me corrí en su boca, solo dijo: '¿Ves? Sabía que podías darme más.'