Tom Colt se entrega a un polvo a cuatro patas con su vecino
Tom Colt llevaba días imaginando cómo sería sentir las manos de Lance Kincaid recorriendo su cuerpo, pero nunca pensó que la tensión entre ellos estallaría así. Todo empezó con miradas furtivas en el pasillo, roces "accidentales" al cruzar la puerta, hasta que una tarde, con la casa vacía, no aguantó más y lo invitó a entrar. Lance no perdió el tiempo: lo empujó contra la cama, le arrancó los boxers de un tirón y se arrodilló para chuparle la polla con una hambre que hizo gemir a Tom desde el primer segundo. El vecino sabía cómo trabajar esa verga, alternando lamidas lentas con succiones profundas hasta que la tuvo dura como una roca. Luego lo volteó de un empujón, le bajó los calzoncillos hasta los tobillos y le separó las nalgas para meterle dos dedos sin aviso. Tom gritó, pero el dolor se mezcló con el placer cuando Lance escupió sobre su agujero y lo penetró de una estocada, hundiendo hasta las pelotas en ese culo apretado. En más de 23 minutos de escena, el vecino lo embistió sin piedad, golpeando contra sus nalgas con cada envite, mientras Tom se agarraba a las sábanas y gemía como un animal en celo. La cama crujía, los gemidos rebotaban en las paredes, y cuando Lance le agarró el pelo para follarle la boca, Tom supo que no aguantaría mucho más. Se corrió con un chorro espeso que manchó las sábanas, pero el vecino no se detuvo: lo giró, le abrió las piernas y le vació toda su leche en el vientre, dejándole una marca blanca sobre la piel sudorosa. Al terminar, una de las medias de red colgaba del borde de la cama, olvidada en el frenesí.