Tu polla y tú merecen ser dominados
Sus zapatos de tacón ya te habían estado torturando toda la tarde, rozando tu muslo cada vez que pasaba junto a ti, y ahora su falda ajustada no dejaba nada a la imaginación mientras se sentaba a horcajadas sobre tus piernas. Te agarra los hombros con fuerza y te ordena que no te muevas, pero sientes cómo su coño mojado presiona contra tu bragueta, el calor humeante filtrándose a través de la tela. Cuando te dice que la desates los brazos, obedeces al instante, aunque tu polla ya está tan dura que duele, ella sonríe al verlo, sabiendo que tiene el control absoluto. Te empuja contra la cama y te obliga a chuparle los pezones, mordisqueándolos hasta que gime, mientras sus dedos recorren tu torso, arañando hasta dejar marcas rojas. Sin previo aviso, se sienta sobre tu cara, ahogándote con su humedad, y solo puedes respirar cuando te permite mover la lengua por su raja hinchada. La sensación de su jugo es tan intensa que casi te corres solo con el olor, pero ella no tiene piedad: te levanta de golpe y te ordena que le des la vuelta, colocándote las esposas en los tobillos. Ahora eres un juguete a su merced mientras se monta sobre tu polla, cabalgando con fuerza hasta que el cabecero de la cama golpea la pared. Escuchas sus gemidos cada vez más fuertes, el sonido de su culo golpeando contra tus caderas, y cuando finalmente se corre, lo hace gritando, apretándote tan fuerte que casi no puedes respirar. Al terminar, ves cómo el semen resbala por sus muslos mientras se baja, dejando una mancha pegajosa en tus sábanas.