Hermana política caliente se come mi polla en la nieve
Después de horas abrazados frente a la chimenea, ella no pudo resistirse más y empezó a frotarse contra mi entrepierna mientras la nieve caía afuera como un manto blanco. La chiquilla, con esos labios carnosos y esos ojos llenos de lujuria, me susurró al oído que llevaba semanas imaginando cómo sería sentirme dentro de su concha bien apretada. Sin pensarlo dos veces, la empujé contra el sofá y le arranqué el suéter, dejando al descubierto esos pechos pequeños pero firmes que tanto me volvían loco. Ella gimió cuando le mordí el cuello mientras mis manos le agarraban el culo, duro y redondo, y la obligaba a sentarse sobre mi verga ya bien dura que le esperaba palpitando. La muy puta se dejó caer con un gemido largo, empalándose hasta que su coño se abrió como una flor mojada y caliente que me tragaba sin piedad. Comencé a empotrarla con fuerza, sintiendo cómo su carne se estremecía cada vez que mi pelvis chocaba contra su culito, haciendo que sus tetas rebotaran salvajemente. Ella no paraba de gritar, con la voz quebrada entre gemidos y jadeos, mientras sus uñas se clavaban en mis hombros dejando marcas rojas que después lamí con la lengua. La nieve seguía cayendo afuera, pero dentro solo se escuchaban los sonidos húmedos de nuestros cuerpos chocando, los chasquidos de su concha tragándose mi polla hasta la base y mis gruñidos roncos cada vez que llegaba más profundo. No pasó mucho antes de que ella se corriera con un espasmo brutal, apretando mi verga como un tornillo mientras un chorro de leche brotaba de su coño y le resbalaba por los muslos. Pero no me detuve ahí, la giré boca abajo y la levanté del culo para que quedara en cuatro patas, con esa espalda arqueada y ese culo blanco temblando de anticipación. La embestí de nuevo, esta vez más salvaje, sintiendo cómo su agujero se abría poco a poco hasta que por fin me hundí entero, haciendo que ella chillara como una perra en celo. Cuando sentí que mis bolas se apretaban, la agarré del pelo y la obligué a mirarme mientras me corría dentro de ella a chorros calientes, llenando ese coño que ya no paraba de gotear. Quedamos tirados en el suelo, jadeando, con el sudor mezclándose con la nieve que se derretía alrededor nuestro, mientras ella no dejaba de susurrar que no se cansaría nunca de sentirme dentro de su cuerpo.