Kei Ikeda y Aina Aoyama en un polvo salvaje de 17 minutos
La habitación está medio a oscuras, con solo la luz de la pantalla del celular iluminando sus cuerpos sudorosos mientras la cámara tiembla entre sus manos. Te voy a contar cómo esta japonesa de culo respingado y piernas infinitas me retó a ver si aguantaba su ritmo, ¿te gustaría estar en su lugar? Todo empezó cuando Aina Aoyama se arrodilló frente a mí, sus dedos finos desabrochando mi pantalón con una sonrisa pícara, su lengua rozando mi polla antes de metérsela hasta las pelotas. Gemí como un animal cuando sus labios apretados empezaron a chupar con fuerza, sus ojos clavados en los míos como si me desafiaran a durar. Pero no me dejé intimidar: la levanté de golpe, la tiré sobre la cama y le abrí las piernas de una patada, su coñito rosado ya mojado y listo para recibirme. Empujé de una estocada, sintiendo cómo su carne caliente me envolvía entero, y ella gritó, arqueando la espalda mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. No te voy a mentir, esta puta sabe cómo moverse: sus caderas subían y bajaban al compás de mis embestidas, sus gemidos se volvían más agudos cada vez que mi polla rozaba ese punto dentro de ella que la hacía enloquecer. Le di la vuelta, la puse a cuatro patas y la penetré desde atrás, mis manos apretando sus nalgas mientras la follaba sin piedad, escuchando cómo su respiración se cortaba cada vez que la embestía hasta hacerle tocar el cuello del útero. Aina Aoyama no pudo resistirse a mi ritmo: sus muslos temblaban, su coño se apretaba alrededor de mi verga, y cuando le di una nalgada fuerte, gritó mi nombre mientras se corría, sus jugos chorreando por mis bolas. Pero yo no había terminado: la hice chuparme de nuevo, sintiendo cómo su boca me ordeñaba hasta que exploté en su garganta, mi leche caliente llenándole la boca mientras ella tragaba con avidez. Y justo cuando creí que habíamos acabado...