La diosa Mari me castiga con un desafío de metronomo
Lo hice porque quería verlo sufrir, porque ese cabrón se llevó lo que era mío y ahora me toca pagar. La diosa Mari eligió el peor castigo: atada a la camilla, con los pies en alto y mi coño mojado a punto de estallar mientras el metronomo marcaba el ritmo de cada gemido. Él me miró con esa sonrisa de superioridad y yo solo podía pensar en cómo hacerle explotar. 'Tienes permitido moverte, pero si te corres antes de tiempo, pierdes', susurró, acariciando mi clítoris hinchado con la punta de su polla dura. Sentí la primera embestida hasta las pelotas, un golpe seco que me hizo arquear la espalda, y supe que esta vez no habría piedad. Cada movimiento era calculado, cada segundo una tortura, mientras mi coño apretaba su verga como si quisiera devorarla. 'Más rápido', le ordené, pero él solo sonrió, manteniendo ese ritmo infernal que me volvía loca. El sudor corría por mi espalda, mis muslos temblaban, y cuando el metronomo tocó los últimos compases, su leche caliente me inundó sin aviso, dejándome vibrando en el borde del orgasmo. La próxima vez, el castigo será peor. Lo juro.