La esposa y la niñera se reparten la polla del marido
La esposa, una pelirroja de tetas grandes y culo respingón, no podía aguantar más las ganas de sentir esa verga gruesa y palpitante otra vez después de días sin tocarla. Mientras tanto, la niñera, una morena flaquita pero con un coño que chorreaba solo de pensar en el sabor salado de aquel tronco, se mordía los labios imaginando cómo se lo iba a tragar entero. Cuando el marido llegó a casa sudando de la oficina, las dos putas se le tiraron encima como perras en celo, arrancándole los pantalones con desesperación para dejar su polla dura como el mármol al aire libre. La esposa, con las tetas rebotando, se la metió hasta la garganta ahogando gemidos mientras la niñera le lamía los huevos con lengua experta, haciéndolo gruñir como un animal. Él, sin poder aguantarse, las empujó contra el sofá y se empotró a la niñera por detrás, sintiendo cómo su culo apretado se abría para recibir cada embestida furiosa mientras la esposa, con los dedos metidos en su propio coño empapado, le susurraba obscenidades al oído. La niñera, con las uñas clavadas en el mueble, no paraba de gritar que se la clavara más fuerte, que le reventara el culo mientras él le escupía en el coño para que resbalara mejor. La esposa, celosa pero más mojada que nunca, se acercó y le chupó los pezones duros como piedras mientras le agarraba el pelo a la niñera para que no se moviera, obligándola a aguantar cada embistón brutal que le sacudía el cuerpo de arriba a abajo. Cuando el marido sintió que el semen le quemaba las entrañas, las empujó a las dos contra el suelo y se corrió primero en la boca de la esposa, llenándole la lengua de leche espesa mientras ella tragaba con los ojos en blanco. La niñera, desesperada, se frotó el clítoris hinchado contra su pierna hasta que un chorro de leche le salió disparado de la verga y le salpicó la cara, dejándola con los labios brillantes y el coño palpitante de placer. Las dos se quedaron tiradas en el suelo, jadeando, con las piernas temblorosas y los cuerpos pegajosos de sudor y leche, mientras él, exhausto pero satisfecho, les pasaba los dedos por el pelo sudado y susurraba que la próxima vez las quería a las dos a la vez, sin piedad.