La morena que se folló al amante prohibido en su cama
La habitación estaba en penumbra, con la luz de la luna filtrándose por las cortinas mientras las sábanas se movían al ritmo de los gemidos ahogados. Ella sabía que esto estaba mal, que no debía permitirle a ese hombre entrar en su casa, pero el deseo la consumía hasta borrar todo sentido común. Sus manos rozaban su piel, dedos ávidos que bajaban hasta el coño ya empapado, abriéndolo con una lentitud que la volvía loca. Él la empotraba contra el colchón, embistiendo con fuerza hasta que los muebles chocaban contra la pared, y ella mordía la almohada para no gritar su nombre. Sus jugos fluían sin control, manchando las sábanas blancas mientras él la penetraba una y otra vez, sabiendo que cada estocada era una traición más a su matrimonio. El hombre gruñó al sentir el clítoris hinchado bajo sus dedos, y ella arqueó la espalda cuando los espasmos la recorrieron, corriéndose en un chorro que mojó aún más el colchón. Él no se detuvo, queriendo sacarle hasta el último gemido, hasta que por fin se vino dentro de ella, dejándola temblorosa y con la respiración entrecortada. La mujer que los descubrió en la entrada solo pudo mirar la escena con los ojos llenos de lágrimas antes de salir corriendo, el sonido de sus pasos ahogando el eco de sus propios sollozos.