Me desperté cachonda y me toqué el coño mojado
Se me fue la cabeza cuando el despertador sonó a las siete, pero no por el jodido ruido, sino porque entre las sábanas noté que mi panochita estaba empapada como si alguien me hubiera echado un cubo de agua caliente entre las piernas. No pude resistirme, así que metí dos dedos bien profundos en mi conejito, sintiendo cómo mis paredes se apretaban alrededor al ritmo de los gemidos que escapaban sin control de mi boca. La leche, qué rico se siente ese primer contacto cuando la humedad me recorre entera y los jugos me resbalan por el culo hasta mojar el colchón. Seguí metiendo y sacando los dedos más rápido, imaginando que era su polla gruesa la que me estaba empotrando contra el cabezal de la cama, con cada embestida haciendo que mi coño chorreante hiciera un sonido de chupeteo que me ponía más loca. Los pezones se me pusieron duros como piedras al rozarme con las sábanas, y el olor a sexo fresco me envolvía mientras seguía dándome placer sin piedad. No pasó ni un minuto antes de que me corriera como una puta descontrolada, con los muslos temblorosos y la leche saliendo a chorros mientras me retorcía sobre las sábanas arrugadas. La sensación de mi orgasmo me dejó sin aliento, con el coño palpitando y la mano llena de mis propios jugos pegajosos. Pero la guarra que soy no se conformó con eso, así que seguí frotándome el clítoris hinchado con círculos locos hasta que me vine otra vez, esta vez con el cuerpo entero temblando como gelatina. El espejo del baño después me mostró una cara roja, los labios entreabiertos y los ojos vidriosos, mientras me limpiaba los restos de mi corrida que me caían por el muslo interno. Totalmente satisfecha, pero con ganas de más, me masturbé hasta dejarme seca, imaginando que era su lengua la que me lamía desde el coño hasta el culo, recorriendo cada pliegue con lametones lentos y húmedos.