Madrastra argentina con tetas enormes se empala sin piedad
La madastra llevaba días coqueteando con él desde el sofá, siempre con esa tanga de encaje negro que le marcaba el culo prieto y esos pechos enormes que rebotaban cada vez que se movía. Él no pudo aguantar más y le arrancó la blusa de un tirón para dejar sus tetas al aire, duras como piedras y con los pezones ya duros como balines. Ella se dejó caer de rodillas en el suelo de la sala, le bajó los pantalones de un tirón y le agarró la polla con ambas manos mientras se relamía los labios, ansiosa por saborearla. Con un gemido gutural, se la metió hasta el fondo de la garganta y empezó a mamársela con tanta fuerza que él tuvo que agarrarle la cabeza para no perder el equilibrio. Pero ella no se conformó con eso y, levantándose de golpe, se quitó la tanga de un tirón, se subió a la mesa del comedor y se abrió de piernas mostrando ese coño pelirrojo y bien mojado que ya chorreaba de puro deseo. Él no necesitó que le dijeran nada: la agarró por las caderas, le clavó la polla hasta las bolas y empezó a empotrarla contra la madera, haciendo que los platos de la mesa temblaran con cada embestida brutal. Ella gritaba como una loca, arañándole la espalda mientras le pedía más y más fuerte, con los pechos rebotando al ritmo de cada golpe de cadera. Cuando él sintió que el orgasmo le quemaba las pelotas, la volteó boca abajo sobre el sofá, le levantó el culo con las dos manos y se la metió por detrás sin piedad, sintiendo cómo su coño se apretaba como un puño alrededor de su verga. Los gemidos de ella se volvieron incontrolables, mezclándose con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, hasta que finalmente él explotó dentro de ella, llenándole el coño de leche caliente mientras ella se corría gritando su nombre. Los dos quedaron jadeando, pegajosos y satisfechos, con las tetas de ella aún temblando y el sofá completamente empapado de sus fluidos.