Madrastra cachonda se corre al ver al hijastro masturbándose
La madrastra llevaba días observándolo desde el balcón mientras ella se bronceaba en biquini fino, con esos muslos carnosos que se le marcaban cada vez que cambiaba de postura. Al principio solo eran miraditas disimuladas, pero hoy la polla del mocoso se le puso dura como un palo al verla chorreando aceite por todo el cuerpo, especialmente cuando se pasó la lengua por los labios pintados de rojo intenso. El hijastro, con esos ojos verdes que le hacían babear, no pudo resistirse y se sacó la verga enorme de los shorts sin pensarlo dos veces, acariciándosela con movimientos lentos mientras la observaba lamerse el labio inferior con descaro. Ella, sin poder evitarlo, se mordió el labio al ver cómo la cabeza morada de su polla brillaba bajo el sol, temblando de ganas de sentir ese tronco grueso dentro de su coño empapado. Con un gemido gutural, se levantó de la toalla y se acercó sinuosamente, dejando que sus tetas naturales, redondas y pesadas, se balancearan con cada paso hasta pararse justo frente a él. El hijastro, con la respiración entrecortada, le agarró la cintura y la atrajo hacia sí, hundiendo la cara en su escote mientras le chupaba los pezones duros como piedras, saboreando el sudor salado mezclado con su perfume barato. Ella, completamente mojada entre las piernas, se dejó caer de espaldas sobre el sofá del jardín, abriendo las piernas para que él le arrancara el tanga de encaje con los dientes antes de clavársela hasta el fondo sin piedad. Cada embestida le sacudía las tetas al ritmo de sus gritos de puta loca, mientras sus caderas se movían como si tuviera un resorte, buscando que ese pedazo de carne le llegara hasta el útero. Él, sudando a chorros por el esfuerzo, le agarró el culo prieto con ambas manos y se la empotró sin control, haciendo que sus nalgas rebotaran con cada golpe seco de su pelvis contra su carne temblorosa. La madrastra, con los ojos en blanco y la boca llena de babas, se corrió en olas calientes sobre su polla, apretando las piernas alrededor de su cadera mientras un chorro de leche espesa le resbalaba por el muslo desde el coño hinchado de tanto placer. El hijastro, al sentir cómo su coño le ordeñaba la verga como una experta, aceleró el ritmo hasta que una corrida brutal le explotó dentro, llenándole las entrañas de semen espeso que le chorreó por las piernas al salir de ella. Ambos quedaron jadeando, con el cuerpo de ella marcado por los moretones de sus uñas y el sudor pegajoso que les cubría la piel, mientras el hijastro le lamía los dedos uno por uno, saboreando el sabor a coño y a pecado mezclados en su boca.