Parejas evangélicas intercambiando se follandose a escondidas
Yo nunca pensé que terminaría metiendo mi polla en la boca de Leticia Feffer, la esposa de mi mejor amigo, pero ahí estaba, con sus labios pintados alrededor de mi verga mientras ella gemía como si el diablo mismo la estuviera poseyendo. Sabía que estaba mal, que esto era un pecado que nos condenaría a los dos, pero el modo en que su lengua se enroscaba en mi glande me hizo olvidar todo. Su marido, Macedo, estaba en la otra habitación empotrando a mi mujer con esa polla gruesa que tanto le gusta, y los gemidos de Bruna Santiny se mezclaban con los nuestros en un coro de lujuria prohibida. Ella me miró con esos ojos de puta arrepentida mientras se ahogaba con mi polla, la saliva chorreándole por la barbilla, y supe que no podía parar. La agarré del pelo y le metí la verga hasta la garganta, sintiendo cómo se le saltaban las lágrimas, pero ella no se quejó, solo siguió chupando como si su vida dependiera de ello. En más de diez minutos de escena, pasamos de besos robados a un intercambio de cuerpos que ninguno de nosotros podía controlar. Las tetas naturales de Leticia rebotaban cada vez que la empujaba contra el sofá, y cuando por fin me corrí en su boca, ella tragó cada gota como si fuera la comunión más pecaminosa.