Hipnoticé a todas las alumnas para hacerlas mis putas sumisas
El olor a tiza y sudor de la academia se mezclaba con el perfume barato de las jovencitas cuando las vi temblar bajo mi hechizo. Sus coños ya estaban mojados antes de que yo siquiera les ordenara abrir las piernas, y sus tetas grandes rebotaban con cada gemido ahogado. Sabía que el director podía entrar en cualquier momento, pero eso solo las ponía más calientes, sus culitos apretados temblando de anticipación. Me encantaba escuchar sus susurros de 'por favor, señor', mientras les metía la polla hasta las pelotas en medio del aula vacía. Una de ellas, la más tímida, se mordía los labios para no gritar cuando le corrí dentro, su coño apretándome como si no quisiera que me fuera. Las otras esperaban su turno, mirándome con ojos vidriosos mientras se tocaban entre ellas. '¿Quieren más leche o prefieren que las deje así, mojadas y desesperadas?', les pregunté con una sonrisa, sabiendo que ninguna se atrevería a decir que no. El riesgo de ser descubiertas las volvía más putas, y yo no iba a desperdiciar ni un segundo de su sumisión.