Mackenzie Moss reta a su padrastro a ver si aguanta su boca
Ike Diezel estaba tirado en el sofá, con la polla dura como una piedra después de perder su trabajo, y yo me acerqué con una sonrisa pícara, sabiendo que iba a hacerle pagar esa frustración con mi coño. Le dije que si era hombre de verdad, que me chupara hasta dejarme temblando, pero él me desafió a que yo le diera placer primero, que si podía aguantar su verga entera en mi garganta sin ahogarme. Me arrodillé frente a él, le bajé los pantalones y empecé a lamerle los huevos con la punta de la lengua, sintiendo cómo se le ponía la piel de gallina. Cuando lo tuve bien duro, me lo metí en la boca de una sola vez, hasta que la punta me rozó la campanilla, y él gruñó como un animal, agarrándome del pelo para empujarme más adentro. Lo chupé como una profesional, moviendo la cabeza al ritmo de sus gemidos, sintiendo cómo la saliva me escurría por el mentón y goteaba sobre sus pelotas. Él me decía que no iba a durar, que mi boca era demasiado buena, pero yo sabía que podía hacerle correrse antes de lo que creía. Le apreté las pelotas con una mano mientras con la otra le acariciaba el culo, y cuando noté que se le tensaban los músculos, le clavé las uñas en la carne y lo tragué entero, hasta que sus caderas chocaron contra mi cara. Se corrió en mi garganta con un grito ahogado, y yo me limpié la boca con el dorso de la mano, mirándolo con una sonrisa de triunfo. Él me dijo, jadeando, que la próxima vez me iba a follar hasta que me olvidara de mi nombre.